Todo el que creció junto al agua conoce la misma escena. La calle entera bajando hacia la orilla, la ropa amontonada, y al agua. Nadie que vigilara, nadie que tuviera que hacerlo. Todo salía bien, porque siempre salía bien.
Me gusta escuchar esa historia, y también la creo. Pero saco de ella una lección distinta a la de la mayoría. Porque la nostalgia no es historia: nuestra memoria guarda sobre todo los días de verano en que todos volvieron a casa sanos y salvos, no los accidentes que también ocurrían entonces. Aquella imagen bonita solo era cierta a medias. Y el agua de antes es exactamente la misma que la de ahora. Igual de fría, igual de quieta, igual de insondable. En eso no cambió nada. Lo que sí cambió es todo lo que la rodea. La pregunta no es si podemos volver a aquel verano, sino si todavía nos atrevemos a mirar con honestidad el presente.

